AHORA QUE TE ENCUENTRO ...
_ ¡Hola! ¡Qué linda estás! Realmente me da gusto verte hoy…
… Hoy estás aquí, frente a mi, te veo casi imposible. ¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé, pero ha sido mucho tiempo. Déjame mirarte fijamente. Quiero ver a aquella niña que fue mi primer amor. Deseo acariciarte, sentir tu piel. ¡Cómo te quise! ¡Cuánto te adoraba! Solo de pensarlo hoy me emociono y siento aquella opresión en el pecho que tantas veces sentí hace ya muchos años y de mis ojos quieren brotar lágrimas.
Mi primer amor. Se dice fácil, pero cuántos sentimientos y emociones despiertan esas palabras. Cuando eras una niña te veía como cualquier otra niña, no había nada que me indicara que tú serías mi primer amor, mi gran amor. ¡Qué iba a saber yo de amor! Fue hasta que yo tenía diez y seis y tú te comenzaste a convertir en una muchachita larguirucha de doce, cuando viene a mi mente el primer recuerdo de amor.
Recuerdo ese día cuando tú bajabas por aquel camino, nuestro camino, y en esa curva… si esa curva, que tantas veces transitaste; cuando caminabas sobre el polvoriento camino, se dibujaba en él, tu silueta de niña que pasa a mujer. Esa silueta que me impresionó. Me turbaste ese día. Ya no fui el mismo, algo me hizo sobresaltar y mi sangre se aceleró en las venas. Tú traías ese vestido hecho de tela típica de nuestros pueblos aborígenes, que dibujaba deliciosamente esas curvas que ya no eran de niña y dejaban entrever a una esbelta mujer. Así te recuerdo mi niña.
Después, ¿te recuerdas? Allá en “La Soledad” íbamos a cortar café juntos y todo el día pasábamos platicando sin que se llenaran los canastos y es allí donde mi amor por ti crece, se torna inmenso. ¿Cómo te quería? ¿Cómo te adoraba?
Recuerdo que tú hablabas, hablabas y hablabas, mientras yo me embelesaba en escucharte y mirarte. Y esos ojos primorosamente rasgados y el color de tu piel te daban un aire de mujer oriental que todavía hoy vive en mi mente. Las enormes matas de café a las cuales arrancábamos cariñosamente los rojos frutos nos envolvían en un abrazo de amor y, ¡yo te adoraba!
Ya no podía vivir sin ti. Y bien recuerdo que era diciembre el mejor mes para mis sentimientos. Muchos dicen que febrero es el mes del amor; para mi es diciembre. Te quería tanto, te adoraba y te entregué mi corazón sin preguntar nada. De repente te marchaste y ya no te volví a ver. Y esa vez que te marchaste sin razón alguna, te llevaste mi alma. ¡Cómo sufría sin verte!
¡Ah! Y ese diciembre cuando supe que habías regresado me trajo mucha dicha y fue mi diciembre. Ya era un hombre y por lo tanto hacía cosas de hombre. Me emborrachaba en casa de Santos, tu vecino, pues quería encontrarte, quería mirarte, quería hablarte. Quería volverte a ver para seguir viviendo, pues sentía que sin ti me moriría. Te adoraba tanto que no había en mí cabida para el amor de otra, no hacía caso a otras hembras que me ofrecían las mieles de su amor, porque yo sólo te amaba a ti. ¿Qué difícil es el amor cuando se idolatra a una mujer? Y tú sabiéndote idolatrada te volviste ajena, eras otra. Habías cambiado, sin embargo yo te adoraba todavía.
Pasaron los días los meses y los años y después me fui a estudiar, mientras tú te marchaste de nuevo con tus parientes, lejos de mí. Era solo la ilusión de diciembre con su noche buena y sus vientos fríos bajo la luna llena lo que me mantenía con vida, saber que tú estabas cerca, cerca en mi mente, pero tan lejos de mí. Y yo te adoraba.
Naciste hembra hecha para el amor, mejor dicho hembra para ser amada, no para amar. Angustiado supe que te gustaban los hombres, que hoy tenías uno y mañana otro o quizás dos, no importa cuántos. Y yo sufría y aún así te adoraba. Mi corazón se entristecía con los chismes que me contaban, sin embargo mantenía la ilusión de que algún día volvieras a mí.
Y ese día llegó, en un mes de abril, era ¡Semana Santa! Abril el mes de tu cumpleaños. Ese medio día al besar tus labios, susurraste que me querías y yo me sentí el ser más dichoso y mi corazón me felicitó por haber tenido la paciencia de esperar todo ese tiempo por ti. Ese único beso que nos dimos ese mediodía me supo a gloria y aún hoy, después de tantos años, siento tus labios en los míos en un estremecimiento de amor. Esa misma tarde la vida me llevó lejos de ti y con el viento de la tarde, partí hacia lejanas tierras a estudiar. Traía conmigo el recuerdo de tu amor, de tu beso y esa mirada tan tuya de niña pícara. Sí esa mirada que tantas veces se tornaba en mirada de mosquita muerta, de yo no fui. Seguías siendo una niña en un hermoso cuerpo de mujer y yo te adoraba.
Estando lejos de mi familia y de mi tierra, me embargó la melancolía y pasé días de tristeza y soledad. Y es aquí donde tu figura y tu sonrisa llenan ese vacío. Era tu recuerdo el que me sostenía ante semejante dificultad. Aunque mi alma pedía que me escapara para correr a tus brazos, al mismo tiempo sabía que debía aguantarse, con la confianza puesta en que algún día podríamos estar para siempre juntos. Cuando llegaban tus cartas, lo recuerdo perfectamente, no estabas físicamente junto a mí, pero sentía un estado de ánimo especial provocado por las palabras que leía y que aún hoy, después de tanto tiempo mi voluntad se quiebra y mis ojos quieren derramar lágrimas. ¡Ese es el amor!
¿Te acuerdas de nuestras canciones favoritas que sonaban en la radio? Yo hacía mía aquella que decía: “Jamás, jamás he dejado de ser tuyo, lo digo con orgullo, tuyo nada más. Jamás, jamás mis manos han sentido mas piel que tu piel porque hasta en sueños te he sido fiel…” Hoy al evocarla, algo dentro de mí se sobresalta y siento escalofríos. Recuerdo que tú me respondías con aquella otra: “¿Quién eres tú que inexplicablemente yo amo…”
Siempre que podía me escapaba de la Escuela para irte a ver y entonces si conocía lo que yo creía mi felicidad, la gloria sobre la tierra. ¿Sabes? Quiero darte las gracias por lo que me diste, por aquellos momentos de felicidad, por cada uno de los besos que nos dimos. Por aquellos instantes cuando, solos sentados en la grama, a la luz de la luna me permitiste explorar tu cuerpo, tener en mis temblorosas manos aquellos pechos que éstas no alcanzaban a atraparlos y no sabía si besarlos o morderlos o sencillamente contemplarlos. Esos pechos que al igual que mi alma temblaban bajo el sereno y la luz de la luna. Esos pechos que casi reventaban brasieres ante los cuales tus amigas se sentían ofendidas y mal lo disimulaban. Esos pechos que los hombres deseaban para sí.
¡Te amaba tanto y creo que tú también a mí! Esa luna de diciembre que me permitía ver tu silueta reflejada en el oscuro bosque era la mejor luna para mí. Pero tú habías nacido para el amor, para que te amaran y no para amar, pues no eras mujer de un sólo hombre, algo de lo cual desafortunadamente me di cuenta pronto. Sin embargo yo te adoraba. ¡Cuánto te amaba!
Recuerdo vívidamente ese diciembre, estuvimos juntos en la fiesta del pueblo toda la media noche del 31, esperando la llegada del Año Nuevo. Vivimos los abrazos y el estallar de cohetillos y los brindis atropellados de la gente. Escuchamos la canción de José Alfredo “Ya se va diciembre”. La hicimos nuestra esa noche. Y esa fue nuestra noche, la mejor noche de mi vida. ¡Qué recuerdos dirás! Hoy después de tanto tiempo, aún mi cuerpo tiembla de emoción. Esa noche te entregaste a mí y me hiciste temblar de amor. Esa noche disfruté del mejor manjar de amor de mi vida, ese manjar que había deseado largamente por mucho tiempo. Esa noche entre besos y te quiero, entre jadeos y quejidos fuimos uno. Por las noches cuando te sueño, sueño esa madrugada bajo la luz de la luna de aquel uno de enero, siento tu cuerpo agonizante contrayéndose bajo el mío en aquel estertor de amor, siento el abrazo de amor que aprisiona mi espalda. Escucho tu voz trémula pidiendo que no lo haga, que no siga , que me detenga, sin embargo esa súplica era realmente una invitación a hacer lo contrario a no detenerse. ¡Cómo te quería! Y cuánto más te amé.
Después por razones de estudio tuve que marcharme de nuevo y aunque seguimos siendo novios y amándonos como locos cada vez que podíamos, la distancia terminó separándonos. Y aquel diciembre, nuestro diciembre cuando no quisiste estar conmigo, no estaba yo muy lejos de saber que estabas embarazada de otro hombre. Y nos dijimos adiós, aunque no fue para toda la vida. Volví a mis estudios y traté de olvidarte en otras mujeres, sin embargo tu recuerdo me perseguía y aún hoy te confieso que no he podido olvidarte porque fuiste mi amor primero, mi verdadero amor. Quizás sea porque naciste para el amor y quien te ve no puede olvidarte ya jamás mucho menos quien te haya tenido entre sus brazos.
Años después nos encontramos y volvimos a amarnos. Estuvimos nuevamente bajo la luna de diciembre, pero ya no fue lo mismo. Ahora tenía miedo de adorarte, tenía miedo de quererte, pues tú tenías un hijo de otro hombre, un hijo que no era mío, aunque la gente creyera que sí lo era. Tuve miedo de ser incapaz de darle cariño a ese niño. Y finalmente aunque mi alma clamaba una cosa, mi mente dispuso otra y nos dijimos adiós. Esta vez esperaba que para toda la vida.
Y ya ves, ahora estás aquí, tú no me ves, pero yo si te veo a través del cristal oscuro del carro. Cuando te hablé por teléfono pidiendo verte y sin decirte quien era, tú musitaste mi nombre, y me turbé, quedándome sin habla pues comprendí que siempre estuve en tu vida y por ello fue que me reconociste. El tiempo ha pasado y ya no somos los mismos, nuestros cuerpos ya no son los mismos, pero tú sigues en el fondo siendo la misma, les sonríes pìcaramente a los hombres que pasan y se te quedan viendo. No has cambiado en eso, naciste para el amor. Y me esperas. No se si bajarme del carro y hablarte o irme y no volver a verte jamás.
Minoldo Gramajo González.
viernes, 18 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario